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El diseño colombiano, cambiar la conversación es un atrevimiento

  • May 27
  • 5 min read

Updated: Jun 2

Lo que ocho personas hicieron sin ponerse de acuerdo — y lo que eso nos exige ahora.


Empecemos por lo que nadie dice, y es que hablar de identidad cultural a veces suena como un cliché. Hay veces me da la sensación de que lo nuestro flota, no lo siento como un discurso visceral de comprensión sobre nosotros mismos, sino un acto cosmético con el que decoramos nuestra cotidianidad. Lo segundo no es malo, pero yo lo que busco es un viajao para el alma. Me atreveré a decir que nos falta contarnos mejor la historia, nos falta rigurosidad.


Hacer diseño con identidad propia en Colombia nunca fue la opción fácil. La opción ha sido importar el lenguaje, usar los referentes de afuera, producir algo que pareciera o encajara en otro lado —porque lo de otro lado tiene más precio, más reconocimiento, más legitimidad en el mercado.


Y sin embargo, hubo gente que no hizo eso. Tenemos diseñadores —en cuyos hombros nos paramos hoy— que desde su esquina, desde su disciplina, desde su momento histórico, decidieron que Colombia merecía un diseño que viniera de adentro.


Un total atrevimiento. Todavía lo es. Hablar de ellos es una invitación a revisar cómo se hace relevante salirse de la caja —del molde propio o del que encontramos en el entorno. 


Nombrar la trampa


Rómulo Polo fundó programas, construyó instituciones, formó diseñadores. Pero su atrevimiento más importante fue otro: decir en voz alta lo que nadie quería decir. Para él, en los países dependientes el diseñador podía actuar como un transformador de la realidad, o como un instrumento de conservación de lo establecido.


Lo expresó hace cuarenta años. Todavía aplica. Todavía duele un poco.


¿Has pensado que tu marca — o simplemente el eje a partir del cual creas— contiene un gesto político?



Jaime Gutiérrez Lega eligió el mismo camino desde otro ángulo. Su silla Ovejo —las curvas del páramo, la forma de las ovejas en la ladera— ganó reconocimiento internacional en los años setenta. Un objeto cotidiano con territorio adentro, sin que nadie lo hubiera pedido. Mientras todos copiaban los muebles de las revistas internacionales, él dijo: aquí hay algo que ninguna revista tiene.


Mirar lo que nadie miraba




Dicken Castro diseñó las monedas de $1.000 y $200 que todos los colombianos hemos tenido en la mano. También pasó horas documentando la decoración pintada de los buses escalera — esos buses que la academia de su época consideraba artesanía menor.







Para Castro no había jerarquía entre la moneda y el bus. Los dos decían algo sobre Colombia. Los dos merecían atención.









Marta Granados hizo algo parecido desde la imagen. Sus carteles llevan décadas en bienales de todo el mundo, pero el tema de toda su obra es uno solo: Colombia.


No la Colombia de postal — la Colombia de color, de contradicción, de diversidad. El paisaje de su infancia en Boyacá convertido en forma contemporánea. Eso no es nostalgia. Es método.















Elegir el material equivocado



Rogelio Salmona se formó con Le Corbusier y volvió a Colombia a elegir el ladrillo. No el concreto liso del modernismo internacional —el ladrillo de los muros coloniales, de los barrios populares bogotanos, el material que el modernismo había dejado atrás como símbolo de lo antiguo.


Fue el primer latinoamericano en recibir la Medalla Alvar Aalto. El mundo reconoció en su obra algo que Colombia tardó más en ver: los materiales locales no son una segunda opción. Son la mejor opción cuando alguien los usa sin disculpa.


Diseñar para quien el mercado ignoraba


La pregunta de Germán Samper era simple y radical: ¿casa más casa más casa es igual a ciudad? Diseñó la Ciudadela Colsubsidio — más de 15.000 viviendas. La gente que vive ahí está intentando que la declaren patrimonio. No porque sea un monumento arquitectónico. Porque funciona. Porque alguien pensó en ellos con el mismo rigor con que otros arquitectos piensan en sus clientes de presupuesto alto.



Creer que Colombia merecía verse así


Benjamín Villegas lleva más de cincuenta años publicando libros de gran formato sobre Colombia. Trescientos libros. Arte, naturaleza, historia, artesanía. Sus libros son los que los presidentes colombianos le regalan a otros presidentes.



Hay quien los llama "libros de mesa de centro" con cierto desprecio. Villegas tiene una respuesta: "Si alguien deja algo a la vista es porque le gusta verlo y que lo vean." Su atrevimiento fue decidir, hace cincuenta años, que no había que disculparse por ser colombiano al producir algo bello.


Traer lo ajeno sin perder lo propio


Horst Damme llegó con la tradición de la HfG Ulm — la escuela alemana heredera de la Bauhaus — y fundó el programa de diseño industrial en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Su atrevimiento fue diferente: no resistir lo de afuera ni aplicarlo ciegamente, sino hacerle preguntas.


¿Qué de este método funciona aquí? ¿Qué hay que adaptar? ¿Qué emerge cuando una metodología diseñada para la industria alemana se encuentra con un contexto que no tiene esa industria?



Esa tensión no se resolvió con él. La siguen viviendo los diseñadores colombianos que estudian con referentes del norte y ejercen en el sur.


Lo que ninguno supo que compartía


Ocho personas. Ocho disciplinas. Ninguno se sentó con los demás a planear un movimiento.


Y sin embargo, hay un hilo. Ninguno pidió permiso para usar lo propio. Salmona no esperó a que el ladrillo estuviera de moda. Castro no esperó a que la academia validara los buses escalera. Gutiérrez Lega no esperó a que alguien le encargara una silla boyacense. Granados no esperó a que el mercado internacional pidiera carteles colombianos.


Todos empezaron desde adentro y confiaron en que el mundo alcanzaría a entenderlo. A veces tardó. A veces llegó antes de lo esperado. Pero ninguno cambió de dirección esperando que el mercado le dijera qué hacer.


Eso es lo que el Observatorio de Trazo de Origen quiere documentar en la generación actual. No un movimiento — una actitud que aparece independientemente en personas que no se conocen, en ciudades distintas, con materiales distintos, desde territorios distintos.


¿Y nosotros?


Cada uno de estos ocho se atrevió a algo específico en su momento aportando al diseño colombiano. Esos atrevimientos surgieron de leer su contexto con honestidad y decidir qué hacer con lo que vieron.


El contexto de hoy es distinto. Hay más posibilidades que nunca — y más presiones que nunca. La velocidad del mercado. El algoritmo que premia lo que ya funciona. La dificultad de cobrar lo que cuesta hacer bien algo que va contra la corriente.


Entonces la pregunta — la que el Observatorio existe para hacer en voz alta — es esta:


¿A qué deberíamos estar atreviéndonos ahora?


Va uno encontrándose por ahí a esos diseñadores, no necesariamente de formación, pero si de práctica que se atreven. El activismo nos pone sobre la mesa oportunidades que podríamos aprovechar. Por ejemplo, lee sobre la trayectoria de Sebastián Restrepo en Visión Suroeste.


Lo que sí sabemos es que alguien tiene que atreverse a formularla primero.


— Trazo de Origen · El Observatorio —

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Hola, soy Adriana

Adriana Gómez Diseñadora. He trabajado con materia en todas sus escalas — desde joyas hasta una casa.

 

Fundadora de Trazo de Origen.

Llevo años trabajando con materia y haciéndome preguntas sobre lo que eso significa en Colombia. Este observatorio es la versión pública de esas preguntas.

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