Cuando el diseño no sabe de dónde es
- May 27
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Updated: May 29
Este post nació de leer dos artículos académicos que me costaron bastante, pero que valieron la pena. Los cito a lo largo del texto para ser honesta sobre de dónde vienen las ideas que no son mías: “Modernidad y colonialidad en América Latina. ¿Un binomio indisociable?” de Jorge Polo Blanco y Milany Gómez Betancur (Revista de Estudios Sociales, 2019), y “Decoloniality and the Spectre of Modernity: Notes for a Theoretical Critique” de Julián Harruch (Bulletin of Latin American Research, 2024). Al final del post los encuentras completos.
Hace poco me puse a leer sobre colonialismo, colonialidad y decolonialidad —esas palabras largas que aparecen en conversaciones de diseño y te hacen sentir que deberías saber exactamente qué significan pero a veces no sabes muy bien. Este post es para nosotros, los que leemos esas palabras y asentimos con cara de “sí, claro” mientras por dentro estamos buscando en Google.
Primero, el glosario rápido que nadie te da
Colonialismo es lo que todos conocemos: España llegó, nos conquistó, nos puso nombres nuevos y se llevó el oro. Eso, en términos formales, terminó con la independencia.
Colonialidad es el fantasma que quedó. Siguiendo al sociólogo peruano Aníbal Quijano —cuya idea retoman los dos artículos que leí— la colonialidad designa las estructuras de poder, conocimiento y subjetividad que el colonialismo europeo instaló y que no desaparecieron cuando se fueron los conquistadores. Siguieron operando en quién tiene voz, qué se considera saber válido, qué se considera bello. Es cuando aprendemos en el colegio que la historia de la humanidad va de Grecia a Roma a la Ilustración, y en ningún lado aparece Tiwanaku ni el Tawantinsuyu. Es cuando el diseño “de verdad” sigue siendo el que se hace en Milán o Estocolmo.
Neocolonialismo es la versión contemporánea: ya no hay virreinatos, pero sí hay marcas internacionales que dictan qué es bello, qué es moderno, qué vale. Es el catálogo de IKEA como biblia universal del buen gusto. La dominación ya no llega en barco —llega en newsletter, en feria de diseño, en algoritmo.
Decolonialidad sería el intento de soltar todo eso —de preguntarse: ¿y si el conocimiento, la estética, el diseño también pudieran venir de otro lugar? El pensador argentino Walter Mignolo, una figura central en este debate, lo llama “desprendimiento”: salir de la lógica colonial no solo políticamente, sino epistemológicamente— es decir, en la manera de conocer y de crear (Polo Blanco y Gómez Betancur, 2019, p. 3).
Hasta aquí todo suena muy bien. El problema viene después.
El problema de querer ser “auténtico”
Cuando empecé a pensar en diseño de origen, en lo colombiano, en lo nuestro, me entró un pánico muy particular: ¿cuánto de lo que hago es realmente mío y cuánto es influencia colonial que llevo tatuada en la retina sin saberlo?
Spoiler: todo. Y nada. Y los dos al tiempo.
Porque resulta que no existe diseñador que llegue virgen a la mesa de trabajo. Yo estudié con libros europeos, me formé mirando referencias internacionales, crecí en una ciudad que mezcla arquitectura republicana con centros comerciales de los 90. Mis ojos están calibrados por todo eso. Y los de todos los diseñadores colombianos, latinoamericanos —los de todos, punto.
Mignolo propone que la solución es un “desenganche” total: construir desde una exterioridad pura, desde los saberes de los pueblos colonizados, sin contaminación del sistema moderno-occidental. Harruch (2024) le hace una crítica que me parece importante: ese movimiento puede caer en un esencialismo problemático, como si existiera una identidad latinoamericana o indígena pura, intacta, esperando ser rescatada. Y eso, dice Harruch, es romántico pero también es otra trampa —la de convertir “lo nativo” en vitrina en lugar de en práctica viva (p. 258-259).
La silla que me liberó
La liberación llegó con una idea más sencilla que Harruch desarrolla en su artículo: la modernidad no tiene dueño fijo. No es un bloque sólido y malo que vino de Europa y punto. Es más bien un conjunto de herramientas —ideas sobre derechos, igualdad, autonomía, belleza— que distintos actores han usado para fines muy distintos, a veces opresivos, a veces liberadores (Harruch, 2024, p. 256).
El ejemplo más contundente es la Revolución Haitiana. Polo Blanco y Gómez Betancur lo cuentan bien: esclavos negros tomaron los ideales de la Ilustración francesa — libertad, igualdad, fraternidad —y los usaron para derrotar al ejército más poderoso de Europa. No rechazaron el lenguaje ilustrado; lo radicalizaron. Lo pusieron al servicio de su propia liberación (2019, p. 12). Harruch va más lejos y cita a varios historiadores para argumentar que fue precisamente la Revolución Haitiana —no la francesa ni la americana— la que llevó el universalismo a su consecuencia más radical al abolir la esclavitud (2024, p. 256).
En diseño, la pregunta entonces no es “¿esto es occidental o es nuestro?” La pregunta es: ¿al servicio de qué está esta decisión? ¿Quién la fabrica? ¿Qué materiales usa? ¿A quién le habla? ¿Qué memoria activa o silencia?
Una silla en guadua con sistema de ensamble inspirado en la ebanistería paisa no es “menos moderna” que una silla de Konstantin Grcic. Es moderna de otra manera —y esa manera importa, tiene historia, tiene manos, tiene un lugar en el mundo.

El popurrí es el punto
Somos una mezcla. Eso no es vergüenza —es nuestra condición de origen. El diseñador colombiano es, inevitablemente, un cruce: de técnicas heredadas, de formas aprendidas afuera, de materiales de aquí, de problemas muy concretos y locales.
La trampa no es ser mezcla. La trampa es no saberlo, no elegirlo, no cuestionarlo. Es copiar el catálogo de Milán sin preguntarse qué de eso sirve acá y qué no. Es usar la madera del Pacífico sin saber de dónde viene ni quién la trabaja. Polo Blanco y Gómez Betancur lo dicen de manera más académica: el peligro no está en la influencia externa, sino en la aculturación violenta —asimilar formas ajenas sin ni siquiera notar que lo estamos haciendo (2019, p. 5).
Trazo de Origen no es un manifiesto de pureza. Es una invitación a ser mezcla con conciencia —a saber qué llevamos puesto, de dónde viene, y decidir activamente qué queremos conservar, transformar, o soltar.
Eso, creo yo, es lo que hace el buen diseño en cualquier parte del mundo: no pretender que no tiene historia, sino elegir qué hacer con ella.
¿Cómo la ves? ¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste de dónde vienen las referencias que estás usando?
Fuentes
Polo Blanco, J. y Gómez Betancur, M. (2019). Modernidad y colonialidad en América Latina. ¿Un binomio indisociable? Reflexiones en torno a las propuestas de Walter Mignolo. Revista de Estudios Sociales, 69, 2–13. https://doi.org/10.7440/res69.2019.01
Harruch, J. (2024). Decoloniality and the Spectre of Modernity: Notes for a Theoretical Critique. Bulletin of Latin American Research, 43(3), 251–262. https://doi.org/10.1111/blar.13576



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