Miedo a la muerte: Miedo a vivir
- adrgomez

- 17 feb
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Actualizado: 25 feb
Cuando murió mi mamá, me impresionó la violencia silenciosa que nos envolvía con la muerte respirándonos de cerca. Ine, como le decíamos, se negaba a creer que eso era realmente lo que le estaba ocurriendo y por eso sufrió inmensamente. El cuerpo le dolía, pero el dolor de sus pensamientos era un abismo. Acompañarla en esos meses de evolución fue sin duda lo más difícil que hice en mi vida.
Hasta el último minuto, el oncólogo y los médicos del hospital no dejaron de hablarle a mi mamá de infinitas posibilidades para seguir viviendo. Le prometieron vida y le alimentaron una esperanza que se le infiltró hasta la médula del nervio. Las explicaciones eran disonantes, poco coincidía con lo que uno veía que le estaba ocurriendo a su cuerpo. Finalmente, un médico ajeno al sistema tradicional (con una interpretación más generosa del juramento hipocrático y alejado del velo atormentado del fiel católico) le explicó: "Vas a morir, y debes aceptarlo".

Uno sufre hasta que decide dejar de sufrir… pero además hay veces que se necesitan ciertos permisos. En el abismo de miedo finalmente alguien le había permitido perder la esperanza. Así pues, mi mamá concluyó aliviada: "Me voy. Ya no tengo nada que hacer aquí".
Rendirse es siempre el último acto de coraje y a partir de esa resolución, desafiando el dolor, también nos dimos permiso para celebrar fiestas de despedida con familiares y amigos. Cinco días después de la última celebración de su vida, mi mamá murió reconciliada con el miedo a la muerte.
En el funeral de Ine, algo conmovida por el proceso de la muerte, pregunté a la familia: ¿Cómo se debe vivir para que cuando finalmente uno se encuentre ad portas de la muerte, sienta paz y aceptación? Sentía curiosidad. Jesús, Sócrates y Confucio, además de ser grandes revolucionarios que nunca escribieron un libro, llegaron a su muerte (juzgados y asesinados por el sistema) con absoluta claridad y ecuanimidad. ¿Cómo entonces se debe vivir para encontrar la paz y sabiduría que reconcilia con la muerte?
Estos últimos meses llegué a la respuesta muerta de susto y fascinada. No fue una epifanía. Hubo una evolución, un proceso de años ocurriendo en el trasfondo de las rutinas, donde lidiaba con preguntas existenciales. A medida que se me apilaban las respuestas, acabé llegando a entender las necesidades fundamentales del alma.
El inconveniente silencioso
Mi concepto de Home Within, ese hogar interior que existe a pesar de ir cambiando cada tanto de entorno y por ende de vida, fue una invención inconsciente en donde terminé procesando algunas preguntas fundamentales. Mientras diseñaba mi YO como un sistema de mente, cuerpo, corazón y alma, me encontré (repetidamente) con la sombra silenciosa que sostiene a muchos de nuestros pensamientos. El miedo. ¿Por qué lo sentimos y por qué rechazamos o ignoramos que lo sentimos?
Más observaba mi mundo adentro, más debía reconocer que me abrazaban los miedos. Al comienzo era bastante obtusa. Mi mantra era: "No siento miedo. No lo siento, nada es demasiado grande para mí". Mi mamá me educó con esta "fuerza" de carácter, con esa idea de "no dejarme poner la pata". Y me sirvió muy bien en mis 20s y en mis 30s. Dejó de ser piso cuando pasé de los 40s.
Cuando noté patrones de miedo en mi Home Within, me obsesioné. Compré libros e investigué por todas partes. Encontré de todo y de lo más fascinante. Encontré recursos para tomar acción. Pero lo más importante sin duda, fue el insight profundo que terminó por revelarme que los seres humanos, sin excepción, vivimos cercados por el miedo.
¡Miedo!
En su libro, La negación de la muerte, Ernest Becker explica (en el contexto del psicoanálisis, la filosofía existencial y la religión) que no nos gusta mirarnos hacia dentro. Tenemos un mecanismo de contención y negación porque la grandiosidad del universo (que llevamos por dentro) nos abruma en la medida en que sobrepasa nuestra capacidad cognitiva.
"El mayor descubrimiento de Freud, el que está en la raíz de la psicodinámica,... es el miedo al conocimiento de uno mismo: de las propias emociones, impulsos, recuerdos, capacidades, potencialidades, del propio destino."
Esto explica por qué, cuando leemos artículos sobre el auto-sabotaje, la procrastinación y el síndrome del impostor, aunque queramos, difícilmente salimos de esos patrones de conducta. No cambiamos porque no queremos dialogar con nuestra fragilidad. "Coqueteamos con nuestro propio crecimiento, pero lo hacemos deshonestamente", dice Becker. Tan terrible es el miedo que optamos por negarnos a nosotros mismos nuestro destino para imitar el comportamiento de nuestros padres y nuestra cultura y así contenernos en una versión fabricada del yo. En otras palabras, creamos nuestra matriz mental y nos aferramos a ella para sentirnos seguros, y terminamos sacrificando nuestra verdad interior.
Según Becker, la espiritualidad y el psicoanálisis se encuentran en el momento en el que revisamos nuestra capacidad para cumplir nuestro destino.
"Lo que Otto [RANK] hizo fue llegar descriptivamente al sentimiento natural de inferioridad del hombre ante la trascendencia masiva de la creación, su sentimiento de criatura real ante el milagro aplastante y negador del Ser. Ahora comprendemos cómo una fenomenología de la experiencia religiosa enlaza con la psicología: justo en el punto del problema de la valentía."
El análisis de Otto se refiere a la realidad de que el ser humano se siente abrumado por el universo que es maravilloso, expansivo y extraordinario. El ser humano es diferente de los animales al tener: una capacidad cognitiva desarrollada, procesos emocionales sofisticados y un cuerpo con capacidades creativas. Siente que tiene superpoderes, es como un semi dios, pero sin embargo caga (muere y se pudre) como el resto de los animales. En esa dualidad el humano no puede asimilar la magia del universo y la magia que existe en él (que son la misma cosa).
"...lo que realmente molesta al niño, cómo la vida es realmente demasiado para él, cómo tiene que evitar demasiado pensamiento, demasiada percepción, demasiada vida". Por eso desde pequeño, en toda su vulnerabilidad, y mientras obedece la autoridad de los adultos, el ser humano construye una identidad que le permite vivir en un estado compacto, minimizado y acomodado a la cultura. Eso es lo que el ser humano puede procesar. Nuestro ego es nuestro mecanismo de supervivencia. Niega que sentimos miedo ante tanta grandeza a nuestro alrededor y en nuestro interior.
Además de este terror, el ego percibe que todos somos en nuestro interior maravillosos, expansivos y extraordinarios. Por eso el ser humano se siente con una naturaleza heroica inherente. Vivimos en la dualidad de querer convertirnos en esta grandeza y estar absolutamente aterrorizados por ello.
Cambiar es abrazar el miedo
Cuando me di permiso de sentir miedo, me quedó más fácil afrontarlo. Reconocer mi fragilidad me dio poder para seguir adelante y dar prioridad a mis emociones sobre las historias de mi mente. Eso requiere valentía y generosidad. Renee Brown nos invita a ser vulnerables y, como bien dice, al otro lado de la vulnerabilidad está la valentía. La valentía, o mejor dicho, la falta de valentía, es nuestro problema.
Dice Becker, que Kierkegaard, al igual que Freud, comprendió que, puesto que sentimos desesperación en la infinitud de nuestro ser, tenemos una parte de nosotros que nos lleva a definirnos en función del mundo exterior:
"Al ver la multitud de hombres que lo rodean, al comprometerse en toda clase de asuntos mundanos, al volverse sabio sobre cómo van las cosas en este mundo, tal hombre se olvida de sí mismo... no se atreve a creer en sí mismo, encuentra que es demasiado aventurado ser él mismo, mucho más fácil y seguro ser como los demás, convertirse en una imitación, un número, una cifra en la multitud."
El miedo a saber quiénes somos (mas allá de nuestra identidad creada) es natural, por lo que aceptamos y vivimos relativamente cómodos en la matriz que creamos en nuestra mente y en la matriz del entorno. Estas matrices nos dan una sensación de control (pero es más bien una ilusión). Es una forma de escapar de nuestra conciencia interior.
Home Within: Un diálogo con el miedo
En mi Home Within, con ojos de observadora crítica y mucha vulnerabilidad-valentía, cultivé un diálogo de mente, cuerpo, mente, corazón y alma y elegí enfrentarme a mis miedos (pequeños y grandes). Integrar mi nueva dimensión del Ser fue un proceso, y ahora, leyendo "La negación de la muerte", de Becker, me lleno de terror, pero no de morir.
Al final, como bien resume Becker, el miedo a la muerte es el miedo a la vida. Se resuelve uno, y el otro parecerá tan sencillo como apagar la luz desde el switch.
Pragmatismo, por favor.
Me gustaría terminar con un marco pragmático.
La cotidianidad está acompañada de miedos por lo que es ahí cuando la evolución personal es posible. El ser humano se expande espiritualmente cuando se trasciende a si mismo, es decir, cuando vence sus miedos. ¿Se necesita más propósito que este?
Caroline Myss tiene un argumento interesante en términos de espiritualidad y evolución personal. Ella explica que nuestra evolución es como vivir en un edificio donde empezamos en la planta baja. Cuando evolucionamos un poco, subimos al segundo, al tercero, y cada vez más alto. Cada vez que cambiamos de planta, la vista por la ventana es más amplia y expansiva. No podemos asimilar la información de quienes están ya en los pisos superiores porque no hemos trascendido a esa sabiduría. Tenemos que vivirla en el cuerpo.
Cada uno está en su piso, dando dimensión y sentido a su vida.
Comparto mi experiencia en mi Home Within, con la esperanza de contribuir. Utilizo mi lente de diseñadora, centrada en las experiencias cotidianas, y exploro cómo vivir de forma holística. Podemos mejorar el mundo yendo más allá de nuestra identidad, afrontando y superando nuestros miedos; sufriéndolos para ir subiendo de nivel. Esa es la difícil verdad. No hay prisa. El mundo moderno nos obliga, pero también nos da muchas herramientas interesantes para hacerlo más fácilmente.


