Paloma, recuerdos de infancia
- adrgomez

- 6 dic 2024
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 18 feb
Mi infancia transcurrió entre variadas alucinaciones y coloridas instancias de euforia. Estos eventos quedaron grabados en mi memoria y en mi sistema nervioso central y se convirtieron en el sistema de anclaje de mis impulsos creativos. Cuando estoy diseñando o creando algo, quiero invocar la belleza y la magia que existían antes de que mi mente se entrenara en demoler el imaginario con su afectación pragmática.

Recuerdo, por ejemplo, cuando me disfrazaba, la inocencia con que veía y sentía todo, no desde la mente, sino desde una posibilidad imaginada. Entre cantantes y superhéroes vivía un incipiente romance con el destino y emprendía vuelo en el ala de una promesa maravillosa.
No tendría más de 6 años el día en que descubrí, como por accidente, a Paloma San Basilio cantando en la televisión. «Oculto en el portal, fumando una colilla de ayer, el tiempo en el bolsillo…»
Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo. En dos segundos me puse la trusa de gimnasia de mi mamá y, a manera de capa, una manta burda de crochet disonantemente complementaria. Mi puesta en escena, era una alucinación de plumas y lentejuelas y era de otro mundo.
Así de simple la magia se revelaba, yo era Paloma. Cantaba —aullando lo que me faltaba por aprender— , saltando histérica y descoordinada sobre el escenario acolchado del sofá.
«¡¿Por qué me abandonaste? (No sé por qué)
Si siempre fuiste mía (no sé por qué)
¿Por qué me abandonaste?»
Como en un trance me transportaba sintiéndome objeto de fascinación. Se me cerraban los ojos, la exuberancia me recorría las venas y mi corazón hacía eco de una emoción desbordada. En el mundo existíamos las aves mas hermosas del paraíso: Paloma y yo.
Más atrás de esos recuerdos, mis experiencias se desvanecen de la memoria. Sólo puedo imaginar que en mis primeros años, descubriendo el mundo, todo era aún más extraordinario y fenomenal: alucinaciones continuas construidas por un bacanal de colores, formas, aromas, sabores y texturas. La sensación de estar vivo y rodeado de tanta vida debía de ser fascinante.
Siento nostalgia y moriría por recordar esas primeras instancias con la vida, cuando absorbíamos todo con la mente muda, sin capacidad de críticas y juicios. Todo lo que ocurría debía ser suntuoso y a la vez indecifrable. Cómo setiríamos las primeras sensaciones: tocando el agua, sintiendo el primer aliento del sol sobre la piel o escuchando el tranquilizador sonido de la lluvia al caer.
Que profundo seria revivir las instancias—que hoy pasamos totalmente por alto— que nos permitieron por primera vez reconocernos en un estado de conciencia. Volver a sentir fascinación ante la manifestación del mundo físico y percibir todo como un sublime estado de gracia. ¿Porqué olvidamos esos recuerdos de infancia?
Pero los años llegan y todo ese sentir extraordinario lo hacemos polvo irreconocible en el entumecimiento de lo trivial. Al crecer, la cotidianidad se funde en la rutina, pasamos de lo maravilloso y divino a lo familiar y predecible.
Eventualmente se espera de nosotros que nos volvamos grandes pensadores y comenzamos estructurando pensamientos lógicos con la caja de colores. En mi destino se desdibujaba mi Paloma y una voz muda en el inconsciente se lamentaba: «¿Por qué me abandonaste?». Me volví uno de esos pájaros cafés que polulan en el jardín.
Despúes apareció el mundo dual, donde todo es coloreado por opuestos y me fue quitando el aliento, seduciéndome con promesas del cielo y señalándome de cerca el infierno. Escoger quien ser se convirtió en un juego pesado y nervioso de éxito o fracaso.
Pasé del "querer" al "deber" ser. Olvide mis recuerdos de infancia y me esculpí en el filo de los miedos y sudé tremendas recompensas. Para rematar, me enlodé con esa falsa ilusión de una saciedad que por supuesto nunca llega. Y metiéndome en una jaula, me abandoné entre críticas y juicios, persiguiendo hilos de trayectorias probadas y vidas prestadas.
Ahora, con canas incipientes, magullada y fatigada, sacudiéndome tanto cielo y tanto infierno, siento nostalgia por la euforia. Con ganas de volver a la magia de las experiencias esenciales y extraordinarias.
Entre formas y colores, trato de discernir lo que realmente soy—mi ave exótica— de lo que he tomado prestado por esta urgencia de sincronía y pertenencia. No aspiro a extravagantes vuelos de exuberancia, sino más bien al ideal de conectar con lo esencial, y precioso. "Porque me abandonaste", suspira mi Paloma, y yo ahora, como en terapia y tras bambalinas, escudriñándome en reclamo, me respondo: "No sé por qué".
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